martes, 15 de mayo de 2012

Maestro

De todos los maestros que he tenido, el Zama ha sido el mejor de todos. Tal vez fueron sus métodos poco ortodoxos o tal vez su humor negro, pero de nadie he aprendido tanto sobre la psicología del colectivo mexicano como de él.  Zama fue mi jefe durante cinco años, tiempo en el que desarrollamos una especie de relación padre-hija, en la que él decía y yo cuestionaba. Pese a su ecuanimidad y nunca haberse exaltado, fui muchas veces irreverente a su palabra, otras reclamé en nombre de la justicia y algunas más llegué a considerarlo mi verdugo y represor. O sea que, en nuestra relación, yo era la adolescente con aspiraciones de comerme el mundo y él era el sabelotodo que demostró que el tiempo siempre le daba la razón. Ha pasado un año desde que Zama ya no es mi jefe y ahora valoro más todo lo que es, tal vez porque ahora tengo perspectiva, y, a veces, lo único que hace falta para comprender la sabiduría de las personas es eso. Yo siempre lo quise, respeté y admiré como periodista, pero ahora lo hago también como maestro, jefe, no-papá y como el ser humano que es.

lunes, 14 de mayo de 2012

La frase de la semana

La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

Julio Cortázar

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mamá y la pubertad

Después de la crisis de 1994, la situación económica en casa jamás volvió a ser igual. De un año a otro se acabó lo que entonces conocíamos como normal: adiós a los restaurantes cada fin de semana, a los viajes por carretera, a las compras en Estados Unidos... Lo normal se volvió austero, lo abundante se volvió atípico y lo atípico se convirtió en lujo. Aquel año, en que se levantó el EZLN y el candidato Luis Donaldo Colosio fue asesinado, no sólo significó el fin del falso milagro mexicano o el drama de miles de familias que vieron devaluados sus sueños, su dinero y su dignidad, significó, también, el inicio de una tragedia personal: la pubertad.
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La pubertad no es sino la etapa en la que eres deforme. Un brazo es más largo que el otro, los ojos se te enchuecan o, como en mi caso, te desarrollas al grado de perder la forma humana. Es justo la etapa en la que te avergüenza tu físico y, al mismo tiempo, cuando tienes que aprender a convivir con el sexo opuesto y las críticas del género, la etapa en la que la coquetería se vuelve obligada, la ropa importa y estar a la moda es vital para la popularidad. Como se deduce, a esta situación hostil y personalmente vulnerable, una economía precaria contribuye al fracaso del puberto, por lo que todo parecía apuntar hacia un panorama oscuro, donde yo estaría condenada a convertirme en la comidilla de la secundaria de monjas y la última de la especie en ligar... y así hubiera sido sin mi mamá.
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Con los pocos pesos que tenía en la bolsa, mamá siempre se las arregló para que yo tuviera. Si había una fiesta importante, me compraba alguna ropita con la que estuviera presentable. Aún recuerdo su carita de sufrimiento cuando decía “sólo me alcanza para esto”. Si no había para comprar, entonces conseguía algo que me quedara bien. Le importaba porque quería formarme como una mujer libre y segura, pero eso también significaba enseñarme a ser feliz con lo que tenía y con nuestras posibilidades. “Tenemos lo suficiente, gracias a Dios, porque hay quienes ni para eso tienen”, decía.
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Si hoy pudiera pasar el día con mi mamá, le compraría un vestido o dos o tres, para que se sintiera bonita como ella me hacía sentir. Como siempre, le costaría trabajo aceptarlos porque le es más fácil dar. Le daría un abrazo y le daría las gracias por ser la mujer y la madre que es. Lo que tal vez no le diría es que jamás se me olvidará todo lo que hizo por mi hermano y por mí para que saliéramos bien librados de un mundo en donde lo material se antepone a la esencia de los seres humanos. Tal vez, tampoco le diría que lo poco que ella cree que nos dio, en realidad fue mucho y que si no hubiera sido por su temple, yo no sería la persona que soy. Pero, como hoy no puedo estar cerca de mi mamá, desde lejos, le doy las gracias por nunca rendirse.

martes, 8 de mayo de 2012

Encuentros XV


Noche de insomnio. Da vueltas de un lado al otro. No puede respirar bien. Taquicardia. Presión en el pecho. Sed. Teme cerrar los ojos, en realidad, teme verla. Después de haberla querido tanto, se convirtió en la fuente de sus demonios. Inútilmente se pregunta por qué. Sabe, como cada noche, que no habrá respuestas. Llora, inconsolablemente. Cree que la odia pero pronto descubrirá que no es así. Está enojado con él mismo. Arrastra enojo, tristeza, impotencia, frustración, pero, sobre todo, arrastra culpa. Se culpa por sus elecciones del pasado y se culpa por el futuro que no tendrá, aunque, en esta historia, la traición sólo tiene cara de mujer. Noche de insomnio. Da vueltas de un lado al otro. No puede respirar bien. Taquicardia. Presión en el pecho. Sed. Teme cerrar los ojos, en realidad, se teme a sí mismo. Teme tener el corazón tan roto que éste, de pronto, deje de latir.

Una verdad absoluta

Una de las razones por las que tanto anhelamos el amor, y lo buscamos tan desesperadamente, es porque el amor es la única cura para la soledad, la pena y la vergüenza. Sin embargo, hay emociones que calan tan hondo en el corazón que únicamente la soledad puede ayudarnos a volver a encontrarlas. Algunas verdades sobre nosotros mismos son tan dolorosas que sólo la vergüenza puede ayundarnos a vivir con ellas. Y hay cosas que resultan tan tristes que sólo el alma puede encargarse de llorar por nosotros.

Gregory David Roberts
Shantaram

Sobre el destino

Hay una clase de suerte que radica en estar en el lugar indicado en el momento justo, una especie de inspiración que no es mas que hacer lo adecuado de la forma correcta, y ambas cosas sólo te ocurren cuando vacías tu corazón de toda ambición, propósito y plan; cuando te entregas por completo al momento de oro que el destino tiene reservado para ti.

Gregory David Roberts
Shantaram

lunes, 7 de mayo de 2012

Consejo para dormir bien

Soy el tipo de persona que no grita estando bajo presión, estrés o enojo. No sé sacar la furia o preocupación con un impulso, lo que es peor, la acumulo en el fondo de las tripas y dejo que suba hasta los párpados, donde se establece y me provoca insomnio. He sido así desde que recuerdo. Uno de esos días en los que el agobio me acechaba y me impedía dormir, mi mamá se acostó conmigo y, mientras me acariciaba la cabeza, me pidió que imaginara la nieve. “Todo es blanco, cuántos tipos de blanco puedes distinguir”, preguntó. Entonces, me vi en medio del frío, contando los distintos blancos de la nieve, perdiéndome entre ella, desconectándome de la realidad y cayendo en un profundo sueño. Desde entonces y por más de 20 años, cada que no puedo dormir, recuerdo las palabras de mi mamá e intento encontrar los blancos de la nieve, y no hay día que no haya dado resultado.