domingo, 9 de noviembre de 2014

Charlas con Nugget III: pequeñas cosas que te harán feliz

Ten amigos de muchas nacionalidades y culturas. Convive con gente que esté arriba de ti y debajo de ti, te enseñará a adaptarte a cualquier circunstancia. Lee. Viaja ligero. Escucha buena música. Aprende dos o más idiomas. Practica algún deporte. Juega en el lodo y ensúciate, no sólo te divertirás, también crearás anticuerpos. Pasa parte de tu día al aire libre. No digas “no me gusta” a la comida, si nunca la has probado. Duerme si tu cuerpo lo pide, pero no mucho, porque la vida está esperándote. Comparte. Jamás aceptes lo malo. Es igual de importante saber dar que saber recibir. No te apegues a las cosas ni a las personas, porque, si lo haces, éstas te dominarán a ti. Sorpréndete. Quiere incondicionalmente. Llora cuando tengas ganas. No hagas berrinches, éstos sólo te dejan un mal sabor de boca. Se amable, siempre, aunque no se lo merezcan. Quédate en silencio y aprecia los detalles. Escucha más de lo que hables, pero cuando hables, asegúrate que siempre sean palabras de bien. Sé justo y defiende las injusticias. Elige bien las batallas que quieres pelear. Sé un buen perdedor y un buen ganador. Recuerda que perdiendo a veces ganas más. Sonríe mucho. Ríe a carcajadas. Búrlate de ti. Nunca humilles a las personas. No malgastes tiempo ni energía en enojos o rencores. Aprende a pedir perdón y a decir gracias. Enamórate las veces que sea necesario. Sé un buen ser humano. Sé siempre mejor. 

Charlas con Nugget II: Tu mamá

A tu mamá le costó mucho creer que estaba embarazada. Supongo que a toda mamá le parece raro sentir que lleva otra vida dentro. Sólo ella sabrá cuántos y cuáles sentimientos encontrados experimentó con el embarazo, porque a las mamás les toca pensar y repensar la vida. Lo que es cierto es que tu mamá, aún sin saberlo, ha estado practicando desde siempre para el momento en que llegues. Tal vez no será la mejor para disfrazarte, pero, no te preocupes, tenemos un pacto para que yo lo haga. Tú tendrás que enseñarle a ser menos despistada, porque siempre lo ha sido de una forma torpemente bonita. Seguro le enseñarás también que la vida es un continuo cambio y que es más importante moverse que permanecer. Eso es lo que solemos enseñarle los hijos a los padres, eso y a saber que la felicidad sí existe. Tú la harás feliz, es parte de tu misión, porque tendrás como mamá a una buena mujer.

lunes, 13 de octubre de 2014

Charlas con Nugget I: Tu papá


Desde que sabe que vendrás al mundo, tu papá perdió la razón. Se le ponen los ojos llorosos cuando habla de ti y empieza a preocuparle el mundo. Teme por tu salud, por tu educación, por el planeta en el que crecerás, por cómo ser un buen padre. Sus ansias por apretarte, morderte y pellizcarte van en aumento. Todos los días te pide que salgas a jugar con él porque ya quiere conocerte. Cree que ya sabe cuál es tu color, comida y equipo favorito y te pone canciones para alegrarte, aunque éstas no sean precisamente de cuna. Muere porque lo invites a tu mundo y asegura que te sentará bien ser astronauta. Es curioso pero, pese a lo inquieto que siempre ha sido, ha decidido no saber tu sexo, porque quiere que lo sorprendas desde el segundo en el que llegues. A veces se comporta como un niño y, otras, parece entrar en una cordura y madurez que nunca le conocí. Nunca me enterneció, porque siempre fue la persona más divertida y fuerte a mi alrededor, pero, ahora, es imposible no conmoverse al verlo y escucharlo hablar de ti. Me encanta saber que tú ya eres su persona favorita, porque, gracias a ti, Tipi ahora raya en lo genial. Creo eso, que a tu papá la locura le sienta fantástica. 

viernes, 10 de octubre de 2014

“Que no se te cierre el mundo”


Cuando mamá nos mandaba a comprar algo al mercado, regresar con las manos vacías no era una opción. Era preferible presentarle alternativas o improvisar algo, que volver con un “no hay” o “no encontré”. Decía que su padre así la había formado, así que, si para ella no había imposibles, para nosotros, tampoco. Su modelo servía para todo. Si algo se te perdía, sarcásticamente decía “chíflale”, y con eso sabías que no podías dejar de buscar hasta hallarlo. Si necesitabas algo de un adulto o desconocido, argumentaba “tienes boca mi amor, pídelo tú”. Si ibas a la tienda y por ser niño te saltaban y atendían primero a un mayor, te aconsejaba que te defendieras y que hicieras respetar tu lugar. “Si supiera que tu capacidad es de 8, sólo te pediría un 8”; “si fueras tonto, lo entendería, pero no lo eres”; “piensa, eres inteligente”; “que resuelvan sus propios asuntos”, eran algunas de sus recurrentes frases. El no puedo jamás fue una vía, porque se aseguró de enseñarnos que los problemas sólo existen si los creas y los crees en tu cabeza. Nos hizo resilientes y por eso nos hizo felices... Mamá nos repitió hasta el cansancio “que no se te cierre el mundo” y eso es justo lo primero que le diré a Nugget el día que l@ vea llegar.

lunes, 21 de abril de 2014

Cuando un hombre ama a una mujer



Nacho me enseñó que debe amar la libertad de su pareja tanto como la ama a ella, porque enjaularla sólo provocaría su muerte; que puede complacerla en todo, sin olvidar que debe hacer tierra cuando vuele peligrosamente. Me enseñó que, para amarla, debe primero admirarla y que puede verla toda la vida con la misma ilusión como cuando la descubrió. Que puede darle de desayunar en la boca si se le hace tarde o darle las medicinas en la mano, porque quiere cuidarla y llenarla de detalles para mantener vivo el amor. Me demostró que la hombría no es sino saber hacer feliz a una mujer, adorándola por sus defectos, no pese a ellos. Mi papá me enseñó que un hombre debe amar a una mujer por sobre todas las cosas, porque, haciéndolo, también ama a Dios.

jueves, 27 de febrero de 2014

Aprendiendo a vivir

Mamá tuvo una infancia muy adulta. No es que no hiciera travesuras, pero tuvo una infancia adulta. Jugaba muñecas cuidando a sus hermanas pequeñas y se arreglaba con los mayores para librar, de la mejor forma, los caprichos del patriarcado. Cuenta pocas anécdotas de su niñez, pero todas y cada una tienen que ver con lo que hacían ella y sus hermanos para escapar del severo castigo. Se casó a los 17 años y a los 23 fue mamá, así que con Tipi y conmigo ya traía la experiencia de ser adulta desde que recordaba. “Si te caes, no vengas a llorar”. “¿No quieres comer? No comas, pero aquí no es restaurante”… eran frases que le salían con una dureza tan natural, que jamás intentamos convencerla de lo contrario. Tampoco nos tocó la mamá sobreprotectora ni la que se espantaba si nos enfermábamos, porque con tantos ensayos previos, mi hermano y yo ya éramos prácticamente el pilón.
Hoy, como muchos otros días desde hace algunos años, me encontré regañando a mi mamá. “Mamá, hazme el favor de poner atención cuando caminas. Mi papá te va arrastrando de la mano y tú volteando para todos lados. Por eso, siempre te andas cayendo, lastimando...” Terminé de decirlo y recordé aquella frase que hace poco Nacho me comentó: “Tu mamá se ha vuelto una latosa. Vamos caminando en la calle y quiere agua y ahora quiere un dulce y ahora quiere ir al baño…”. Comprendí, entonces, que el universo todo lo ordena, a veces lo hace tan rápido que quisieras que no existiera la tiranía del tiempo, a veces se tarda un poco y, a veces, simplemente, hace un desastre para poder reconstruirlo de raíz.
Hay quienes nunca dejan de ser niños, como mi papá, quienes nacen siendo adultos, porque así tenía que ser, y hay quienes aprenden a ser niños con la edad, quienes, con los años, aprenden a sorprenderse con todo lo que encuentran en los aparadores, quienes aprenden a desempolvar la ingenuidad y la inocencia que tuvieron que dejar guardada en algún cajón. Mamá es una de ellas, por eso ahora me la encuentro todo el día jugando algún videojuego nuevo, carga todo los días sus juguetes por si se presta la ocasión, y pregunta de manera infinita y consecutiva “¿y por qué?”. Dejó de ser el adulto que le resolvía la vida al mundo entero y se dio la licencia de equivocarse sin temer las consecuencias, de reírse a carcajadas, de gritar y cantar en un concierto, de jugar, de rezongar, de comerse todo lo que quiera, de ser y parecer feliz. Y, haciéndolo, a mí me dio el regalo de verla disfrutar la infancia que nunca pudo tener.

lunes, 17 de febrero de 2014

El amor de Nacho

“Lety, la esposa de Rodolfo, dijo que no soportaría perder a un hijo”, me contaba mi papá. “Pero, ¿sabes? Yo creo que para mí sería peor perder a tu mamá. No me mal interpretes, si tú o tu hermano murieran, me llenaría de tristeza, pero sé que los hijos son prestados por Dios, pero si tu mamá muriera, yo querría irme con ella. He hecho toda mi vida a su lado, así que no sabría qué hacer sin ella, no comprendería la vida sin ella, no me hallaría, no entendería”. “Lo sé papi, sé que te haría mucha falta”, dijo. “No, no es que me haría mucha falta, es que no podría. Ojalá me muera yo primero”, respondió.