lunes, 26 de enero de 2015

Charlas con Nugget VII: mientras espero tu llegada

Soñé contigo antes de que tus papás me contaran que vendrías al mundo. Una semana después, me confirmaron la noticia. ¡Dios, cómo pido porque llegues bien a este mundo! Trato de imaginarte todos los días, trato de adivinar cómo serás, qué te gustará, qué te hará reír, qué te hará enojar. Pienso en todo lo que debo enseñarte para que puedas disfrutar cada minuto de tu existencia. Por eso te escribo, por si algún día yo no puedo contártelo. Odiaría no tener vida suficiente para verte crecer, para ver cómo te equivocas y cómo te levantas siendo todavía mejor. Sé que querré matar a la persona que te rompa por primera vez el corazón, pero sé también que será inevitable. Me preocuparé cada vez que estés enfermo. Lloraré cada vez que alguien te haga llorar y me reiré de cada una de tus ocurrencias, de cada una de tus locuras. Esperaré que me invadas, que todo lo llenes de ti, que me dejes entrar en tu mundo, que me conviertas en tu juguete favorito. Seré el refugio en el que puedas esconderte cuando ya no soportes a tus padres, pero también seré quien te diga cuando debes volver. Prometo ser tu cómplice y tu confidente y quien abogue por ti. Celebraré todos tus triunfos y te obligaré a nunca darte por vencido.
Tú serás el hijo de la persona que más amo en este mundo. Te quiero ya por eso, pero te querré más por ti, por quien serás, porque vendrás a llenar todo de energía y porque pondrás todo mi mundo de cabeza.

sábado, 24 de enero de 2015

Charlas con Nugget VI: la importancia de ser amable


Cuando tu papá tenía unos tres o cuatro años, vio por primera vez a un hombre pequeño, de talla muy baja. Como a cualquier niño, a tu papá le generó impacto y curiosidad y preguntó a tu abuela por qué el señor estaba raro o chistoso. Tu abuela le llamó la atención y le explicó que jamás debía ofender a nadie, sin importar las diferencias o las circunstancias. Tenía razón. Tu papá y yo siempre vimos a tu abuela ser amable con todas las personas. Siempre fue intachable, una dama en toda la extensión de la palabra. Nunca la escuchamos hablar mal de nadie, ni criticar ni despreciar. Recibió bien  e hizo bien a toda la gente, incluso a aquella que alguna vez la dañó. Fue paciente y consciente con cualquiera, sin importar edad, género, raza, estrato social o religión. La sociedad se esmerará en etiquetar a las personas, en clasificarlas, en definirlas. Te dirán que hay colores, clases y niveles, pero, en realidad seguirán siendo solo personas, con la misma piel y sueños que tú. Sé cordial. Ayuda. Asegúrate de tratar bien a cada uno de los seres humanos con los que te topes, asegúrate de dejar algo bueno en cada una de las personas con las que te cruces en el camino. Haciéndolo, crearás luz. Eso es trascender, como trascendió tu abuela con la amabilidad como su legado. 

Charlas con Nugget V: el miedo y el amor


Hay dos fuerzas que mueven al mundo y que son igual de fuertes y poderosas: el miedo y el amor. Las dos tienen síntomas similares: pueden hacer que te paralices, que hiperventiles, que tiembles, que no puedas dormir, que tengas taquicardia, que te tiemblen las piernas, que se te vaya la voz, que llores, que te den nervios, que se te enchine la piel, que se te nuble la mirada, que saque tu lado más valiente o el más cobarde, que te impulse. La diferencia siempre son las consecuencias. El miedo suele generar resentimiento, rencor, soberbia, prepotencia, odio o arrepentimiento. El amor siempre termina por generar sentimientos nobles. Todos los seres humanos, en algún momento, experimentamos ambos, pero debes saber que el miedo sólo te hará perder el tiempo y nada bueno te dejará. Así que si quieres experimentar el mejor de los vértigos y el escalofrío más increíble, no te quedes con las ganas de hacer nada, arriésgate, ama y enamórate sin control, sin límite y sin miedo a equivocarte. Tal vez te rompan el corazón o te rompas algún hueso, pero habrá valido la pena.

viernes, 23 de enero de 2015

A mi vuelta

Hace frío, pero a mí eso no me importa, estoy muy lejos de sufrirlo. Me encanta sentir ese golpe de aire en la cara, como si me estuviera liberando, renovando. Es la misma sensación que tenía todos los días al salir de casa para tomar el Metro, por allá de 2007. No siento presión ni prisa. Puedo caminar sin desconfianza, sin importar la hora. Puedo caminar casi a cualquier lugar. Leo en el trayecto, si debo tomar el metro o el autobús. Recuerdo la época en que devoraba libro tras libro mientras me desplazaba para llegar a algún lugar. Miro a los jóvenes y miro a los ancianos. Los primeros se notan más maduros, más sensatos, como si la reciente crisis económica les hubiera ayudado a crecer. Los segundos siguen tan decorosos, tan arreglados, tan elegantes que me hacen sonreír. Ellos no se doblan, son de una sola pieza. Escucho las conversaciones de las personas que están a mi alrededor y me sigue enamorando la sinceridad y simplicidad con la que la gente habla, se dicen las cosas de frente, sin rodeos, sin politiquería, sin formas, y escuchan de la misma manera, sin resentimientos ni enojos. Nadie tiene miedo a lastimar. Me compro una barra de pan con queso y pimiento y no necesito más. Es cierto que el café de aquí siempre me ha quedado a deber, pero ni siquiera eso me quita la satisfacción. Veo a los viejos amigos, a los que todavía están aquí. Después de tanto tiempo fuera, me doy cuenta de cuánto han y he cambiado, pero siguen siendo de los buenos. Un chico me pide ayuda para colaborar con una fundación para niños de la calle. No puedo porque no tengo una cuenta bancaria local, él me abraza y me da las gracias por ser tan dulce. Me compro unos zapatos porque este es el país de los zapatos cómodos y bonitos, pensados para pies funcionales, para piernas que sí se mueven. Todos hablan y opinan en cualquier momento si escuchan algo de lo que creen saber. A mí me hace gracia y termino por participar en esas conversaciones, aunque sea sólo para escucharlas. Encuentro pequeños rincones mágicos, detenidos en una época muy lejana. Se vive más de noche que de día, porque las personas se toman el tiempo que se tienen que tomar, sin que esto los estrese. Trato de exprimir y alargar las horas, de aprovechar todos los minutos que pueda, de hacer que cada pasito valga la pena, de aferrarme a las calles, a los edificios, a los árboles que están secos por el invierno, a los restaurantes, a la gente. Sé que corre el reloj y que se agotan mis días aquí, y yo siempre quiero más de esto, pero es porque me entiendo muy bien con Madrid. Me entiendo mejor con Madrid que con ninguna otra ciudad en el mundo y entonces le reclamo que no me retuviera y yo me reclamo por no haber entendido que nunca debí marcharme de aquí.

Charlas con Nugget IV: la ansiedad de tu papá

Tal vez al principio encuentres raro que el resto de la gente reciba abrazos y caricias como expresiones físicas del amor, mientras tú recibes apretones de pierna, mordidas, el peso muerto de tu papá sobre ti o su aliento sobre tu cara. También querrás saber por qué tu papá aprieta los labios, abre los ojos como desquiciado y respira como si fuera a bufar, mientras simula con el puño cerrado que te está golpeando; o por qué te pone muchos apodos según te relacione con algo que le ha parecido genial; o por qué te compone canciones tontas; o por qué, cuando está más feliz, te dice palabrotas que a la gente común y corriente le parecerían ofensivas. La explicación es simple: tu papá se parece demasiado a tu abuelo, mucho más de lo que él cree. Verás, Nacho se encargó de rodearnos del amor más puro, instintivo y primitivo. Por eso, tu papá aprendió que da igual un apretón de piernas que un abrazo, porque lo importante es recordarte que está ahí. Aprendió también que, en medio de la mala entonación de una melodía imperfecta e inventada, se esconden los “te quiero” y que una grosería seguida de un apodo sin sentido sólo significa “eres mi persona favorita”. Sí, es extraño, pero las expresiones ansiosas de tu papá, su rudeza, su torpeza y su sonrisa después de haber jugado bruscamente contigo, tienen un origen puro y bonito, porque tu abuelo le enseñó que no se necesita ser dulce y tierno para expresar el mejor y más leal amor.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014: viajes y breves estampas


Chicago.- El pretexto fue Lollapalooza, pero el festival quedó eclipsado pronto por la misma ciudad. Lo diré sin miedo: me gusta más Chicago que cualquier otra urbe de Estados Unidos. Su arquitectura, su río, sus puentes, sus calles, su arte, sus restaurantes, sus parques, sus teatros… es como un pequeño oasis en medio de un país sin muchos rincones con alma. Tiene personalidad y vida propia, comida rica sin ser pretenciosa, museos, conciertos gratis y un espectacular diner 100% vegano. No sé si fueron las alitas de seitán, Interpol, los Artic Monkeys o que la gente fuera amable y sencilla, pero cuando digo que es un lugar en el que podría vivir, es porque se quedó con un cachito de mi corazón. 

Miami.- Si Miami fuera un color, definitivamente sería naranja. La fruta tradicional, el cielo y las personas son naranjas. No quiero hablar del abuso de cirugías plásticas en muchas de las personas, cirugías que dejan de ser estéticas para convertirse en exageradas o fuera de proporción. Sólo quisiera entender por qué las personas en Miami han decidido tener un color más parecido al de los Simpson que al de los humanos. Lo resumo así: no me gusta la comida artificial, especialmente a la que se la han agregado colores llamativos y eso que sólo es comida… 

Santiago.- Un mall casi en cada calle, muchas tiendas estadounidenses, mucho orden. Santiago es muy americanizado, pienso. Tiene parques bonitos y la gente es, en un amplio sentido, elegante hasta para saludar. Eso sí, lo que más me gusta de Santiago, son los hombres chilenos. Me parecen interesantes. Muy políticos, muy apasionados, muy entregados a su trabajo. Persistentes, tenaces, directos. Serían perfectos para vivir un amor intenso pero muy corto, porque después de un tiempo, tendería a volverse trágico. 

Buenos Aires.- Tal vez es porque me recuerda a España, pero podría no irme jamás de aquí. Amo la vida nocturna y sus cafecitos y las coloridas calles y sus plazas callejeras y las librerías que nunca cierran. Amo que la gente aún vaya a la tiendita de la esquina, en lugar del gran supermercado, porque se resisten a ver morir lo que es propio, lo que es suyo. Me encanta que el carnicero o el heladero hayan heredado de sus padres el negocio. Me gustan los argentinos en Argentina, más de lo que me gustan fuera de su país. Entiendo ahora por qué la gente se enamora fácilmente aquí. Entiendo, ahora, lo sensual que es el tango y lo romántico y lo crítico de sus escritores. Comprendo el amor por esta tierra. 

Lima.- De Lima tengo que decir que sí, lo que todos saben, qué comida más fantástica tiene. Me gusta Miraflores y la vista al mar, aunque tampoco se siente como una ciudad costeña típica. No es precisamente destacable como otras capitales latinoamericanas, pero simplemente la comida te hace querer continuar prolongadamente hasta empacharte. 

Bogotá.- La comida y la gente y el color cobre de la ciudad, especialmente al atardecer, me conquistaron. Reconozco que estaba predispuesta a querer esta ciudad, porque, personalmente, quiero a muchos amigos colombianos desde hace tiempo. Me gusta el clima constante, que no haya una estación marcada. Encuentro muy sexy el tono y la forma de hablar de las personas, tanto de hombres como de mujeres. También encuentro encantador que sean todos tan propios y arreglados, pero que, una vez en confianza, se desdoblen con comentarios picantes y graciosos. 

San Juan.- Esto es el Caribe. Me gusta el puertorriqueño ruidoso y metiche, en un buen sentido de la expresión. Su toque colonial convive perfectamente con la modernidad de una ciudad llena de marcas estadounidenses. Es bonito San Juan, pero más que bonito, es festivo y fiestero, con ruido en todas partes, con música, como si tuviera mucha sed de vivir. Es dual en muchos sentidos: colonial y moderno; americanizado pero muy latino; caótico pero organizado. Ambivalente, sería una buena palabra para definir su identidad. 

St. John y St. Thomas.- La belleza extrema me hace llorar. Contemplo todo el paisaje: estoy rodeada por montañas, islas y el mar caribe. Hay muy pocas construcciones. Hay más animales que construcciones. Respiro y agradezco haber tenido vida para ver algo así. Es tan bonito, como si la mano de Dios se hubiera encargado personalmente de moldear cada rincón. Veo el atardecer y sonrío porque estoy hablando con él, porque he pactado con él, porque, lo crean o no, me ha respondido. 

St. Maarten.- Jamás hubiera imaginado encontrar una villa europea en medio del Caribe. Una pequeña iglesia, un reloj antiguo, pequeñas casas de un piso, de colores y con teja, pequeños comercios. He encontrado, incluso, los típicos zapatitos holandeses pero adornados con motivos costeños. Es bonito encontrar algo así de pintoresco y que, a la vez, esté poblado por caribeños, en medio de un clima tropical y selvático.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Charlas con Nugget III: pequeñas cosas que te harán feliz

Ten amigos de muchas nacionalidades y culturas. Convive con gente que esté arriba de ti y debajo de ti, te enseñará a adaptarte a cualquier circunstancia. Lee. Viaja ligero. Escucha buena música. Aprende dos o más idiomas. Practica algún deporte. Juega en el lodo y ensúciate, no sólo te divertirás, también crearás anticuerpos. Pasa parte de tu día al aire libre. No digas “no me gusta” a la comida, si nunca la has probado. Duerme si tu cuerpo lo pide, pero no mucho, porque la vida está esperándote. Comparte. Jamás aceptes lo malo. Es igual de importante saber dar que saber recibir. No te apegues a las cosas ni a las personas, porque, si lo haces, éstas te dominarán a ti. Sorpréndete. Quiere incondicionalmente. Llora cuando tengas ganas. No hagas berrinches, éstos sólo te dejan un mal sabor de boca. Se amable, siempre, aunque no se lo merezcan. Quédate en silencio y aprecia los detalles. Escucha más de lo que hables, pero cuando hables, asegúrate que siempre sean palabras de bien. Sé justo y defiende las injusticias. Elige bien las batallas que quieres pelear. Sé un buen perdedor y un buen ganador. Recuerda que perdiendo a veces ganas más. Sonríe mucho. Ríe a carcajadas. Búrlate de ti. Nunca humilles a las personas. No malgastes tiempo ni energía en enojos o rencores. Aprende a pedir perdón y a decir gracias. Enamórate las veces que sea necesario. Sé un buen ser humano. Sé siempre mejor.