domingo, 26 de abril de 2015

La importancia de la ortografía

Punctuate, v.
Cue the imaginary interviewer:
Q: So when all is said and done, what have you learned here?

 A: The key to a successful relationship isn´t just in the words, it´s in the choice of punctuation. When you´re in love with someone, a well-placed question mark can be the difference between bliss and disaster, and a deeply respected period or a cleverly inserted ellipsis can prevent all kinds of exclamations.

David Levithan
The Lover´s Dictionary, a novel

sábado, 25 de abril de 2015

Del clímax al desenlace... en tres palabras

Jerk, v.
“This has to stop,” I say. “You have to stop hurting me. I can’t take it. I really can’t take it.”
“I know you can´t take it,” you say. “But is that really my fault?”
I try to convince myself that it’s the alcohol talking. But alcohol can´t talk. It just sits there. It can´t even get itself out of the bottle.
“It is your fault,” I tell you. But you´ve already left the room.

Livid, adj.
Fuck you for cheating me. Fuck you for reducing it to the word cheating. As if this were a card game, and you sneaked a look at my hand. Who came up with the team cheating, anyway? A cheater, O imagine. Someone who thought liar was too harsh. Someone who thought devastator was too emotional. The same person who thought, oops, he´d gotten caught with his hand in the cooke jar. Fuck you. This isn´t about slipping yourself an extra twenty dollars of Monopoly money. These are our lives. You went and broke our lives. You are so more worse than a cheater. You killed something. And you killed it when its back was turned.

Recant, v.

(… ) I want to take back the trust I had while you were away in Austin. I want to take back the time I said you were a genius, because I was being sarcastic and I should have just said you’h hurt my feelings. I want to take back the secrets I told you so I can decide now whether to tell them to you again. I want to take back the piece of me that lies in you, to see if I truly miss it. I want to take back at least half the “I love you”s, because it feels safer that way.

David Levithan
The Lover´s Dictionary, a novel

viernes, 24 de abril de 2015

Charlas con Nugget XII: tu abuela y tu papá

El amor por un primogénito siempre será especial, único, irremplazable y casi sagrado, pero, en el caso de tu abuela, su amor también fue aguerrido, combativo, persistente, y muy pero muy tenaz. Aunque fue un niño noble, leal y adorable, en su adolescencia y un poco más, tu papá fue, verdadera y profundamente, un dolor de cabeza. Fue tu abuela la que cargó con el mayor peso de tener que aguantar a un imberbe rebelde, contestón, rebuscado y peleonero. Intentó casi cualquier correctivo. Castigos de los más blandos a los más rígidos. Conversaciones plausibles y pausadas y otras a grito pelado. Batallas campales que perduraron horas, días, meses y años. Chispas que se convirtieron en incendios e incendios que terminaban siendo infiernitos. Hubo, incluso, actuaciones y diálogos propios de una tragedia griega, persecuciones de extremo a extremo del escenario y un par (varias), bofetadas, puertas cerradas con ganas de ser escuchadas… Tan solo verlos, resultaba agotador. Es curioso, tu abuela podía enfadarse con cualquiera de los miembros de su tribu y la vida le fluía igual, pero, si lo hacía con tu papá, no había luz suficiente que la calentara, ni regalo que la hiciera sonreír ni milagro que le devolviera la paz. Sólo mi hermano podía llevarla en un santiamén de la gloria a la desgracia o del llanto a la carcajada, así de grande es el poder del primer hijo. Pero el tiempo sirve, entre muchas otras cosas, para adquirir perspectiva y comprensión real. Es irónicamente feliz el saldo de la batalla, si lo miras en retrospectiva: mi hermano se endeudó de por vida con mamá y aun así, él salió ganando. 

- Si hubiera sabido que te convertirías en un buen hombre, no habría peleado tanto contigo, le dijo tu abuela. 
- Me merecía todas y cada una. Si no lo hubieras hecho, no me habría convertido en lo que soy, respondió tu papá. 

No habrá “gracias” suficientes que le alcancen para pagar, aunque mi mamá ni siquiera se las cobra. De hecho, empiezo a sospechar que ya hace varios siglos olvidó que alguna vez libró épicas cruzadas. Lo que ella jamás olvidará es que mi hermano encabeza la lista de su Olimpo, pues él le dio el privilegio de ser y hacerse mamá. Yo nunca la vi mirar a nadie como lo miraba a él, con luz en los ojos, con amor y con admiración y compasión simultánea. Luis fue realmente el único hombre del que se enamoró a primera vista… hasta el día que te conoció.


lunes, 6 de abril de 2015

El mundo (y sus fuegos)

- El mundo es eso - reveló - Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos no alumbran ni queman; pero otros arden a la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. 

El mundo, Eduardo Galeano

domingo, 29 de marzo de 2015

Liquidación de deudas


Si hiciera una suma de todas las bromas, maldades, golpes o labores que recibí de mi hermano, su deuda habría sido equivalente a la deuda externa de México… siempre constante y siempre ascendiendo. En innumerables ocasiones, le hice la tarea. Primero, porque si yo la hacía, según él, acabábamos más rápido para ir a jugar. Segundo, porque se nos hizo costumbre. Todavía en la universidad, leí varios de sus libros, ya fuera para hacer sus ensayos o para contárselos. En el último semestre de la carrera, copió todos mis exámenes e hice todos sus trabajos de la, irónicamente, clase de “Ética y Valores”. Anduvo con muchas de mis amigas de la primaria y la secundaria, lo que explica por qué no conservo muchas de las amistades de aquellos años. Me convencía (ce) de hacer siempre su santa voluntad: vamos a jugar tacleadas; ahora hay que jugar luchitas, otro día jugamos lo que tú quieras… ajá; sírveme refresco, ¿no?; hazme de comer; dame dinero; regálame eso; esto es mío, ¿verdad?; cómprame una sorpresa; déjame darte unos apretones -golpes, mordidas o cualquier muestra física que deje marcas-, no seas mala onda… son algunas de las todavía recurrentes frases. Siempre lo consiguió (gue), no sólo porque es un perfecto manipulador, sino porque siempre supe cuál era mi rol de hermana menor. Mi misma madre lo decía: “yo te tuve, para que tu hermano no se aburriera”, argumento suficiente para que yo sirviera a gusto y disgusto a los berrinches, peticiones, caprichos u órdenes de mi hermano, porque al final, mi misión en esta vida, como la de todo benjamín, era ser el juguete y diversión del primogénito. Yo nunca o casi nunca le pedí nada, tampoco me cobré a lo chino ni quise vengarme de su fantochería. Jamás le cobré las decenas que me hizo ver mi suerte, las centenas en las que me explotó ni las miles de veces que le salvé el pellejo. Era parte del código: quien tiene un hermano mayor o es un hermano menor entiende bien cuáles son los principios que rigen la fraternidad. Pero como a mi hermano todo siempre le sale bien, porque el desgraciado tiene carisma y sabe hacer buenos negocios, bastó con hacer una sola transacción para expiar sus culpas conmigo. Su nombre: Eugenio. Con mi sobrino, sus deudas quedaron saldadas, se me olvidó todo lo que tenía que cobrarle y todavía le quedó saldo a favor. A partir de hoy, empezamos de cero.

Los hombres de mi vida


El primero no habla mucho, pero tiene los mejores silencios, los consejos más sabios y la paz más insólita que un ser humano puede proveer. El segundo es una máquina de hacer ruido y es la persona a la que le confiaría mi vida sin dudarlo, la única que sabe todos mis secretos y el único ser que habla el mismo idioma que yo. El tercero, aún no sabe hablar, pero tiene una mirada que te arrebata el corazón, suspiros que te dejan sin aliento y ruiditos que te hacen querer protegerlo para que nunca nadie le haga daño. Son los tres hombres de mi vida, los únicos que saben conmoverme al punto de hacerme llorar, sin tener que decir una sola palabra.

lunes, 9 de marzo de 2015

De los 31 a los 32

Vi a Tipi crecer cuando se convirtió en papá y me dio al sobrino más feliz de la Tierra. Me cambié de casa. Comencé a buscar un hogar nuevo. Hablé con mi hermano como jamás lo hice mientras estuvo en México. Lo tuve que ver partir otra vez, sin boleto de regreso. Tomé 40 aviones; perdí uno. Estuve en 10 países diferentes. Me embarqué en un crucero, en el que comprendí cuánta falta hace el silencio, pero también cuánto daño puede hacer si te excedes en callar. Me volví a enganchar con Interpol y los Arctic Monkeys. Chicago se convirtió en mi ciudad favorita de Estados Unidos. Puse de nuevo los pies en Madrid, lugar favorito para mis catarsis. Lloré viendo un paisaje, porque contemplé la belleza de Dios, al grado de sentir que me respondía todas las dudas y preguntas. Me llegaron cuatro demandas, ninguna de ellas relacionada conmigo. Me convertí en nómada. Descubrí que aunque el desapego es considerado una virtud, hay personas que jamás sabrán lidiar con el mío. Me convencí de las bendiciones del ayurveda, aunque odié tener que volver a comer algo animal; volví al vegetarianismo en cuanto pude. Comprobé que hay yoguis que sólo lo son de forma, pero jamás lo serán de fondo. Me tuve que alejar del yoga para regresar a él. Entrené para un triatlón pero el trabajo me impidió participar en él. Dejé de cargar pesas cuando me dijeron que tenía el cuerpo de Benjamin Aton. Me inscribí a clase de pole dance, pues es más divertido ver a dos manatís que a uno intentándolo. Aprendí que te puedes enamorar muchas veces de la misma persona, mismo número de veces que esa misma persona te puede romper el corazón si tú se lo permites. Sigo creyendo que estar enamorado es el estado más fantástico del ser humano y que el amor suele llegar de forma intempestiva, inesperada e irremediable. Cedí y no me arrepentí de hacerlo. Confié y tuve fe. Aprendí a dejar ir. Recordé que hay gente que tiene las alas tan largas que no pueden ser domesticadas. El significado de la amistad alcanzó nuevos tintes y nuevas formas. Me reencontré con viejos amigos. Alguien hizo una descripción de mí que me pareció bonita: “un bicho raro, pero de esos raros que son fascinantes, como un cien pies”. Me gustó creer que era el pandita rojo más bonito de la Tierra y que así debía ser tratada. Reí muchas más veces de las que lloré, pero me encontré muchas veces llorando por cosas que había olvidado. Volví a leer sin parar y volví a escribir, cumpliendo una promesa hecha a un desconocido. Llegó a mi vida Adrián, el cello más fantástico del planeta. Aprendí que el caos puede ser perfecto.