domingo, 28 de febrero de 2016

Charlas con Nugget XIV: ¡Feliz cumpleaños, campeón!

Hace poco, mientras te cuidaba, quedaste atorado en el hueco debajo de una silla. Llegaste ahí persiguiendo tu pelota y cuando te viste atrapado, comenzaste a llorar. Decidí no sacarte, para que encontraras la salida. Si llegaste sin titubear, lograrás salir de él,  te dije. Decidí levantarme y me alejé para que no me vieras. Yo te observaba. Tú dejaste de llorar en cuanto desaparecí de tu vista y comenzaste a intentar escapar de la prisión. Buscaste por varios lados, hasta que lo conseguiste. Salí de mi escondite y seguí jugando contigo. Tú estabas como si nunca hubieras caído preso. Pudiste haber llorado hasta conseguir que te sacara, pero no lo hiciste, lo resolviste, lo olvidaste y continuaste como si nunca hubiera ocurrido. Deseo que siempre seas así: tenaz hasta conseguir lo que quieres y lo que necesitas; que no te importe si caíste en una trampa, mientras encuentres la forma de salir de ella; que no te ahogues en una tormenta de lágrimas, sino que tengas calma para superar el problema lo mejor posible; que lo malo que te haya pasado, no te detenga; y que siempre quieras seguir jugando, con una sonrisa auténtica.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

A Dios le gustan los rompecabezas



A Dios le gustan los rompecabezas, esa es la forma en la que construye sus mundos. Ha creado rompecabezas de planetas, de galaxias, de estrellas, de mares, de países, de continentes, pero sus favoritos son los rompecabezas de personas. Primero imagina las piezas, luego las labra, las une y les da vida, porque a Dios también le gusta la magia. A ellos, a los humanos, los llama “las pequeñas cosas”, pero lo hace de una forma amorosa, porque cree que en los detalles chiquitos, casi imperceptibles para el universo, se queda parte de su esencia divina, por eso, a estos rompecabezas los construye como piezas únicas. A Dios le divierten las pequeñas cosas, porque a Dios también le gusta reírse. Le parece fantástico cómo es que él las arma a la perfección y una vez que les ha dado vida, éstas se empeñan en desacomodarse hasta romperse. A algunos se les caen las piezas, otros las pierden, unos más las dañan ligeramente, pero a la mayoría les gusta intercambiar piezas y esa es la parte favorita de Dios. Le gusta cuando las pequeñas cosas intercambian risas, ideas brillantes, su compasión, su buena locura, su espíritu. Especialmente, a Dios le gusta cuando intercambian el corazón con la pareja correcta, porque él creo a las pequeñas cosas en dúo, para que el corazón de una embone en el corazón de otra y viceversa. Lo que no entiende muy bien Dios es por qué las pequeñas cosas a veces se entercan en compartir sus piezas, incluido el corazón, cuando no embonan. Los mira a lo lejos pelearse y desgastarse, los mira llorar y voltearse de cabeza, reacomodarse, reconfigurarse, readaptarse con tal de que sus trocitos formen parte de alguien a quien no les pertenecen. Dios no se queda cruzado de brazos e intenta mandarles señales a las pequeñas cosas, a veces en forma de abruptas despedidas, de engaños, de traiciones, de deslealtades, de pérdidas, de mentiras, de ingratitud. Es entonces, cuando las pequeñas cosas están por deshacerse, que Dios intenta poner las piezas en su lugar. Algunas de ellas parecen ya no encajar muy bien, pero él se encarga de hacer las reparaciones necesarias para que recuperen la belleza con las que fueron creadas. Una vez restauradas, Dios ayuda a las pequeñas cosas a encontrar a su contraparte, una con la que embonarán a la perfección, sin que tengan que hacer presión o sin que haya fuerza alguna para que todo luzca como una imagen de una sola pieza. En ese momento Dios sonríe y disfruta el espectáculo, porque sus rompecabezas favoritos finalmente están completos. Lo que los humanos no entienden muy bien es por qué el Dios de las pequeñas cosas no manda los rompecabezas juntos, desde su fabricación, pero si lo hiciera éstas, de todas formas, encontrarían la forma de desacomodarse… además, a Dios también le gusta jugar a las escondidas.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Vivir sin balas

¿Qué define más a la raza humana: la crueldad o la capacidad de avergonzarnos de ella?... Es el perdón lo que hace de nosotros lo que somos. Sin perdón, nuestra especie se habría aniquilado en infinitas represalias. Sin perdón, no habría historia. Sin esa esperanza, no existiría el arte, pues toda obra de arte es, en cierto modo, un acto de perdón. Sin ese sueño, no habría amor, pues todo acto de amor es, en cierto modo, una promesa de perdón. Seguimos vivos porque podemos amar, y amamos porque podemos perdonar.

Shantaram
Gregory David Roberts
 
 

 Una breve introducción
 
Durante la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña y Francia prometieron a los árabes que estaban bajo el yugo del Imperio Turco Otomano el apoyo para constituir una sola nación, a cambio de que éstos les ayudaran a vencer a sus enemigos. Pese al triunfo de los Aliados y el apoyo que recibieron de miles de árabes, Gran Bretaña y Francia incumplieron su promesa y, amparados en el acuerdo Sykes-Picot, decidieron dividir la zona y repartirse el territorio de Medio Oriente, creando una serie de países nuevos, sin tomar en cuenta creencias o grupos étnicos.
Siria, localizada en el desierto que alguna vez vio nacer a antiguas civilizaciones como los sumerios o los mesopotámicos, fue uno de esos países que surgieron tras el fin de la Gran Guerra. En su conformación, no importó la población, por lo que no es extraño que gobiernen los chiíes, que representan sólo al doce por cierto, a un pueblo mayoritariamente suní. Su posición en el mapa siempre fue geoestratégica, ya que es un paso natural entre oriente y occidente y le da a Asia una salida inmediata al Mar Mediterráneo, sin dejar del lado que en su territorio hay reservas petroleras y gas natural.  Durante años, permaneció bajo la influencia de los francesas, consiguió su reconocimiento como país autónomo en 1941 y fue en 1946, finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando los franceses la desalojaron definitivamente.
Al caos geopolítco y étnico resultado del acuerdo Sykes-Pictot, se sumó uno todavía mayor: la partición del territorio de Palestina y el reconocimiento de la ONU del estado israelí en mayo de 1948. Desde el primer momento, los países árabes declararon la guerra al nuevo país, mientras que éste siempre contó con el apoyo de las potencias occidentales. Aunque Egipto y Jordania más tarde llegarían a acuerdos de paz con Israel, el territorio que dio origen a las tres grandes religiones, el lugar más sagrado para judíos, cristianos y musulmanes, se convirtió, desde entonces en una zona de guerra sin fin.
Siria, además, vivió distintos golpes de estado, desde su proclamación de independencia hasta 1970, año en que Hafez al-Asad tomó el poder por la fuerza amparado por el partido Baath Socialista. Al-Asad gobernó durante casi 30 años y fue sucedido en 2001 por su hijo Bashar al-Asad. En 2011, debido a la influencia de la Primavera Árabe, movimientos opositores comenzaron a emerger en el país, en busca de un cambio democrático en el país. La represión de la dictadura no se hizo esperar y, en respuesta, la oposición recibió el apoyo de varios países de occidente. Inició una guerra civil, la cual fortaleció a grupos radicales, como el Estado Islámico (ISIS), que usan como discurso e inspiración la defensa de la identidad del islam y la mitología de los antiguos imperios árabes.
I

Elías Fattel nació en 1907, en Alepo, en el seno de una familia textilera. Vio morir a su padre, Rizhala Salim, en la guerra, con el sueño firme de conformar el panarabismo. Perdió también a dos de sus tres hermanos: a uno lo devolvieron muerto y de la otra, la más pequeña, jamás volvieron a saber. A los cuatro se los habían llevado los turcos, pero sólo sobrevivieron Elvira y él. “Mi madre quería volverse loca. Decía que prefería saber que su niña había muerto a no saber su destino”, contaba él. En cuanto Bahiye, su madre, pudo sacar a sus dos hijos del país, los mandó en un barco a América. Debían llegar a Nueva York, donde ya había paisanos esperándolos, pero ambos tomaron rumbos distintos. Elías decidió llegar a México, un país que apenas se recuperaba de los embates de la revolución. Era 1925.

 II

Elías conoció a Martha en Tampico, ciudad en la que desembarcó. A diferencia de Elías, Martha provenía de una familia libanesa adinerada, por lo que Elías hacía todo por cumplir sus deseos. Se enamoraron y se casaron. Durante varios años, vivieron en el norte del país y más tarde se mudaron a la Ciudad de México. Al principio, sin hablar español, Elías salía todos los días con una canasta llena de chacharitas a vender cosas de cinco o diez centavos. Martha le ayudaba siempre. Más tarde, ella abrió una cocina y vendía comida para abonados y gente con recursos limitados. También leía el café y echaba la baraja. Así fue como los dos, juntos, sacaron adelante a once de los quince hijos que les sobrevivieron.

 III

Elías y su madre intercambiaban cartas a menudo. Él soñaba con sacarla de Alepo para poder darle una vida mejor, pero cuando reunió el dinero suficiente, recibió una carta con la noticia de su muerte. Desconozco si le dolió más no volver a verla o no haberla podido rescatar. Desconozco también cómo y cuánto sufrió Bahiye, junto con muchos otros sirios que perdieron todo, incluso la dignidad humana, por una guerra ajena a sus principios y convicciones y muy lejana a su fe y religión.

IV

Elías siempre fue amoroso y servicial con todas las personas. Creo que una de las pocas cosas buenas que deja la guerra a seres conscientes es la intención y voluntad constante de ayudar a todo aquel que lo necesite. Ayudaba, por ejemplo, dando de comer a gente que no podía pagar o escribiendo cartas en español para mexicanos analfabetas, pues aprendió a hablar y escribir el idioma hasta dominarlo. Ayudaba y, mientras lo hacía, solía contarles a sus hijos lo inmundo de la guerra: ver a tu familia y amigos morir; no tener comida; buscar entre la basura los restos de algo para poder alimentarte; quedarte solo; despertarte por el ruido de las balas; dejar todo atrás… Si algo sabía Elías es que la guerra deja heridas tan profundas que son incapaces de sanar.

 V

Elías murió el 17 de septiembre de 1972, año y medio después de que lo hiciera Martha, su adoración, el 25 de marzo de 1971. Mi mamá lo recuerda como un abuelo dulce y amable. Mi abuela como un papá de familia y de casa, honrado, trabajador, un hombre que se buscaba la vida día a día. En sus fotos aparece siempre como un hombre sólido y fuerte, pero su mirada añorante y nostálgica parece estar en otro lado. Elías fue un refugiado de guerra, un hombre que nació siendo turco, creció siendo sirio y murió siendo mexicano. Mi bisabuelo huyó de lo poco que tenía para sobrevivir, como hoy intentan hacerlo miles de sirios, quienes, por cierto, escapan de lo mismo que occidente quiere eliminar: una dictadura, una guerra civil y el Estado Islámico. Cerrarles las puertas de cualquier lugar es sentenciarlos a muerte; negarles un refugio es consentir y prolongar la masacre que en cuatro años ha dejado más de 250 mil muertos.

 VI

Mi abuela lleva semanas pidiendo orar por las víctimas de la guerra en Siria, por la gente bombardeada en Líbano y por quienes fueron atacados en Francia. Pide por la paz, pide que no maten a niños o a familias que nada tienen que ver con intereses económicos, políticos o sectarios, y lo hace sin dividir a la gente en religiones, colores o nacionalidades. “Quien mata a un niño, no tiene alma”, dice. Ella entiende las secuelas que deja la guerra; entiende lo que es ser un extranjero en un país en el que te miran con sospecha por no hablar, vestirte o comer como el resto de la población. Sabe también que difícilmente podrá ir a Siria a buscar a la familia que su padre dejó atrás, pero mantiene la esperanza de que alguien, en algún lugar del mundo, le abra las puertas, la adopte y le permita, al menos, lo que su padre tuvo, la posibilidad de vivir sin balas.

viernes, 6 de noviembre de 2015

En la Tierra como en el cielo


No hubo dudas ni titubeos. Lo de ellos fue amor a primera vista. No había día que no rieran o jugaran, día en que no caminaran juntos, tomados de las manos, inventando cuentos, buscando aventuras. Se pertenecían, se complementaban, se querían. Uno de tantos días, como era ya costumbre, ella corrió al verlo, pero lo encontró distinto, en un nostálgico silencio. 

- ¿Hoy no quieres jugar? 
- Tenemos que hablar, respondió mientras la cargaba y la sentaba en sus piernas. Durante poco más de cuatro años me haz hecho muy feliz. Tal vez no lo he dicho lo suficiente, pero he amado cada cachito de ti, cada carcajada, cada locura, cada disparate, cada travesura. Eres fantástica, tanto que no puedo reservarte para mí. 
- ¿Me he portado mal? ¿Estás gruñón? Puedo pedir disculpas... 
- No, no es eso, debes conocer otro mundo. Abrir los ojos, explorar, caerte, rasparte, ensuciarte, levantarte, descubrir olores, colores y sabores, correr, bailar, aprender, viajar, cantar, enamorarte, ser valiente, ser libre, ser única, ser luz… 
- Pero, si me voy, te olvidarás de mí y yo me olvidaré de ti y eso me pondrá triste. 
- Eso no sucederá. Piensa que es una nueva misión, de esas que tanto te gustan. En esta nueva encomienda, llegarás a un lugar mágico, que a veces te parecerá inhóspito, pero tendrás cómplices que te ayudarán en el camino para que sientas que es el mejor rincón de la galaxia. Conocerás a la mujer más bonita del mundo, a quien llamarás mamá, y habrá un hombre a tu lado, papá, quien te  abrazará cuando tengas miedo. Cuando me extrañes, podrás ir a casa de la abuela, ella siempre podrá contarte historias que te harán pensar en mí. Ese será tu escondite favorito, porque la abuela Susa te amará tanto o más que yo y porque sentirás que estoy junto a ti aunque no puedas verme, pero ese será nuestro secreto. ¿De acuerdo? 
- Mmmhhh… De acuerdo. Pero tú tampoco me olvides, ¿lo prometes abuelo? 
- Lo prometo. Yo te observaré y protegerte en la Tierra, como lo hice en el cielo. 

Ella lo abraza, suspira y sonríe entre lágrimas. 

- Estoy lista Don Geli, seré fuerte como tú. 
- Eres una guerrera, no lo olvides nunca. Sé feliz, disfruta el viaje y dile a mamá cuánto la amo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Encuentros XXXIII: Respuesta póstuma

Dijiste que debías agradecerme muchas cosas. “¿Qué cosas?”, pregunté. “El que me enseñaras el gusto por el jazz, el vino tinto y el café, por ejemplo; el que me enseñaras a comer mejor y que las medicinas son sólo paliativos, y por quitarme la aberración por el apio y la ensalada de manzana navideña y que el helado no es comida ni postre, sólo es helado y por eso no hay límite para comerlo; por tu capacidad de perdonar a quienes lastiman, incluido yo; el que me recuerdes hablarle a mis papás para ser un mejor hijo; también por el gusto por el teatro; porque descubrí que no odio tanto a los perros como pensaba; que se puede ser muy feliz aunque estés triste; que puedes ser muy firme y duro sin tener que gritar; a ser paciente con gente que no se lo merece porque es quien más lo necesita, aunque a veces también me gusta que gruñas conmigo; a crear mundos fantásticos con la imaginación; a caminar sin parar y que perderte entre las calles es bueno porque descubres cosas que jamás encontrarías de otra forma; a valorar y diferenciar entre buenos y malos amigos; el que se puede ser libre en pareja, aunque yo haya abusado constantemente de tu confianza al punto de haberla roto; y, especialmente, a apreciar los detalles más chiquitos porque son los que hacen que la vida sea mágica”. Nunca respondí, pues eran palabras seguidas de una disculpa y ya sabes lo que opino de las flores que son enviadas para pedir perdón…
 
Respuesta póstuma
Gracias por enseñarme el gusto por los zombies, por haber compartido algunos de tus grupos de música y por haberme cubierto siempre que tenía frío. Gracias por ayudarme a dormir un poco más y por asegurarte de tener siempre comida en casos de emergencia. Gracias por meterte en mi mundo y jugar y reírte conmigo de cosas inexistentes. Gracias por esas miles de veces que me hiciste creer que podíamos lograr y vencer todos juntos. Gracias por enseñarme el sentido verdadero del desapego: amar algo aunque no te pertenezca y, por ello, dejarlo ir. Gracias por los silencios cómodos y compartidos, por no hablar de política ni preguntarme qué opinaba de la crisis mundial. Gracias por conmoverte cada que algo casi imperceptible me hacía llorar. Gracias por mentirme para no lastimarme. Gracias por no haberme elegido infinitas veces, por no haber llegado a dormir a casa, por no acompañarme a la mía y por no haber cumplido tus promesas. Gracias por haberte ido. Gracias por amarme aunque no me quisieras. Gracias por no elegirme. Gracias por enseñarme a decirte adiós. 

 

jueves, 22 de octubre de 2015

20 cosas para entender a una Alfaro (y no morir en el intento)

  1. Si no vas a aportar nada, quítate y no estorbes.
  2. Si crees que puedes aportar algo pero aún no estás seguro, mejor no lo hagas. Las personas con iniciativa improductiva son peores que los estorbos.
  3. Si estás seguro que puedes aportar algo, hazlo de manera inmejorable. Aprende que, para ellas, el perfeccionismo es una forma de vida.
  4. Una Alfaro siempre encontrará las cosas, así que antes de decir “no está”, asegúrate que lo hayas perdido, enterrado, matado o ya no se produzca en ninguna parte del mundo.
  5. Nunca cuestiones lo que una Alfaro te dice con seguridad: siempre tendrá la razón, te lo echará en cara y, si no la tiene, igual te lo echará en cara.
  6. Una mujer puede hacer muchas cosas al mismo tiempo; una Alfaro se burla de eso y redefine el significado de ser multitareas. Al respecto, si no puedes llevarle el ritmo, recuerda el punto 1.
  7. Cuando una Alfaro te pregunte algo en tono irónicamente tranquilo, recuerda hacer cara de póker y moverte lo menos posible. Trata, si puedes, de camuflarte con algún objeto.
  8. Aprende que responderles y no responderles son conceptos igual de malos. Si no sabes qué es menos malo, vuelve al principio del no titubeo y contén la respiración.
  9. Intenta no dejar las cosas fuera de su lugar. La contaminación visual puede provocar alteraciones en sus frecuencias cerebrales.
  10. Nunca dejes las cosas para el último momento. N U N C A. Sí, te resolverán la vida pero tendrás que escuchar una letanía que te arrepentirás de haberles comentado tu pequeño descuido.
  11. Si aprietan la boca y te miran con los ojos de Medusa, empieza a pedir perdón por lo que hiciste. Si no hiciste nada, igual pide perdón.
  12. No las retes o contradigas, porque puedes escuchar frases inverosímiles como: “ah, entonces la maestra o es pendeja o es mentirosa”.
  13. No las dejes juntas en un concurso; se les irá la vida en ganarte.
  14. Recuerda que tienen ojos en la espalda y saben perfectamente la cara que estás haciendo conforme te alejas.
  15. Si un médico te manda reposo absoluto, no se los comentes, pues en menos de una hora tendrás a toda la familia en tu cama, comiendo, gritando, dando órdenes, y haciendo cosa que tú jamás habrías elegido. No es un tema de imprudencia, es un tema de solidaridad.
  16. Si te dicen que quieren algo para “ahorita”, significa que debió estar hecho ayer.
  17. “Mamacita y papacito” no son términos cariñosos. “Cabroncita o cabroncito”, sí.
  18. No te acerques mucho a ellas si tienen hambre.
  19. No olvides el principio “la tribu por encima del individuo”. Algunos ejemplos: si haces algo por una, asegúrate de hacerlo por todas; si te quieren, te querrán todas; si le vas a tomar foto a una, le tendrás que tomar a todas, etc.
  20. Relacionado con lo anterior, ten en cuenta que no existen los secretos, la privacidad, la intimidad, el espacio vital y esos principios inventados por los egoístas; en esta familia, todo es de todos y todos son de todos (excepto si babeas el pan dulce para apartarlo, en esos casos, sí existe el individualismo).

viernes, 16 de octubre de 2015

Encuentros XXXII: De triunfos y guerras

No entiendo cuál es el objetivo de ganar una pelea. “Tener la razón” en una discusión no sirve para nada, salvo para alimentar el ego, que, en todo caso, a ese hay que dejarlo morir de hambre. No, no me gustan las peleas, los berrinches o los reproches, ni me gustan los juegos de estrategia porque no sé jugarlos. ¡Por Dios, mis primos no me invitan a jugar Risk porque creen que soy demasiado pacifista! ¿Recuerdas? Tampoco digo las cosas entre líneas. Digo lo que es. No digo sí, pensando en no, ni no pensando en sí, intentando que adivines lo que me pasa. Siempre te digo lo que me pasa, sin filtros. Ya sabes, soy como un niño con pechos. Así que tú puedes discutir todo lo que quieras, pero te toparás con mi paciencia, porque un día te prometí que espantaría a los fantasmas, que acabaría con tus demonios y que aprenderíamos juntos a domar a tus dragones, aunque me llevara toda la vida en ello.  Y a mí me gusta cumplir mis promesas, a todos nos debería gustar cumplirlas, porque nuestra palabra y credibilidad es lo único que tenemos, pero esta en especial, porque el último día de mi vida, quiero que tomes mi mano y me digas al oído “tenías razón, este fue el amor más bonito del mundo. Te veo en la siguiente vida”. Y esa, ¿sabes?, es la única guerra que quiero ganar.